La libertad se dice de muchas maneras

¿Y si buscamos una libertad real, que nos dirija a una sociedad más justa y sostenible? No la libertad de consumo, sino la libertad de trabajar juntos dentro de la sociedad, sabiendo que mi libertad no es absoluta.

El concepto de libertad es uno de los más discutidos a lo largo de la historia del pensamiento y de la política. Muchos autores y autoras han hablado de dicho concepto destacando alguna de sus facetas. En el presente artículo no interesa tanto destacar la noción de libertad como indeterminación de la voluntad, sino aquella que está en boca de todas las personas cuando hablan de sus derechos, en boca de los políticos de un lado y otro para defender sus ideologías, es decir, la libertad política.

Todas las personas parecen entender qué se dice cuando se habla de libertad. Pero encuentras que no es así, que se esgrimen sentidos distintos de libertad, que conducen a equívocos. La libertad, como el ser de Aristóteles, se dice de muchas maneras. De tal forma que permite su uso y su mal uso por parte de todos. En este artículo se tratará de perfilar la noción de libertad en sentido político

  1. ¿QUÉ QUEREMOS DECIR CUANDO HABLAMOS DE LIBERTAD?
    La idea de escribir este artículo me vino a la cabeza en una discusión sobre el alquiler de los pisos en Madrid. Yo defendía que el gobierno debería obligar a los bancos a sacar esas viviendas al alquiler o a la venta. Pero me contestó mi interlocutor que no podía hacer tal cosa, ya que estaría eliminando la libertad de los bancos. Me revolví en mi fuero interno, pero trate de mantener la calma y lance una cuestión “¿Y mi libertad? ¿Y mi derecho a una vivienda digna? ¿Qué pasa con mis derechos y libertades, esas no cuentan? ¿El banco y sus ingresos, su beneficios y libertades, están por encima de mis derechos?” Los derechos tan bien expuestos en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que implican el poder tener una vida digna, una vivienda, un trabajo, ¿dónde quedan en esta mentalidad? ¿Dónde quedan frente a la sacro santa libertad de los bancos, de los empresarios de ganar más dinero, de acumular y acumular capital? No es la libertad lo que defienden, es el neoliberalismo y lo defienden a costa nuestra.

A raíz de dicha discusión me di cuenta de que la mayoría de las personas esgrimen este concepto para defender la propiedad privada en manos de unos pocos. Pero cuidado, no la propiedad privada personal, sino la propiedad privada que implica especulación, que lleva consigo que algunos malvivamos de un trabajo precaria a otro si poder pagar el alquiler de un piso y nos veamos, ya en nuestra edad adulta, obligados a compartir, mientras hay una infinitud de piso vacíos en manos de fondos buitres o de bancos. La propiedad privada que implica la explotación sistemática de los recursos y el trabajo de las personas menos favorecidas. Al final la defensa de la libertad por parte del neoliberalismo no supone más que una defensa de los privilegios de unos pocos, en los que, como habitantes de Occidente, a veces nos encontramos. Y, como leí en la última manifestación del 8M en una pancarta, el privilegio es el mayor enemigo del derecho. Vivimos en una sociedad basada en el privilegio, en el capricho de unos pocos y en la explotación, la precarización y la falta de libertad de la mayoría. Pero esgrimimos la libertad como valor absoluto para limpiar la cara a un sistema que no tiene nada de moral.

“La idea de libertad ‹‹degenera, pues, en una mera defensa de la libertad de empresa›› que significa ‹‹la plena libertad para aquellos cuya renta, ocio y seguridad no necesitan aumentarse y apenas una miseria de libertad para el pueblo, que en vano puede intentar hacer uso de sus derechos democráticos para resguardarse del poder de los sueños de la propiedad›› (David Harvey).

¿Cuándo se instauró el neoliberalismo como adalid de la libertad? ¿Cuándo se convirtió la libertad en un valor absoluto que trata de cortar de raíz cualquier control sobre la elite? Afirma David Harvey que para que cualquier forma de pensamiento se presente como dominante debe venir acompañada de un aparato conceptual que sea sugerente para los deseos, instintos y valores. Los pensadores del neoliberalismo tomaron la libertad y la dignidad para cumplir este papel de valores centrales de la civilización. De esta forma la libertad se constituye como cimiento de la sociedad consumista. La libertad y la dignidad tiene fuerza suficiente para justificar un sistema asentado en las desigualdades sociales, cada vez mayores, y en la devastación del planeta.

El liberalismo económico no sólo se ha servido de la libertad, sino que en este proceso ha reducido su significado. La libertad política ya no hace referencia a la participación en el ámbito público, al no ser que sea para echar la papeleta cada cuatro años más o menos a partidos políticos que nada o muy poco van a poder cambiar dentro de un sistema controlando por corporaciones. Ya no se trata de la libertad ejercida en el ágora, libertad de palabra y de participación de forma directa en los asuntos públicos. La libertad defendida por los neoliberales es sólo la libertad de mercado, la libertad de consumo, de elegir entre el Mercadona o el Lidl. Cualquier intento de cambiar la realidad, de abrir espacios de participación en los asuntos de un pueblo o de un barrio, quedan cercenados en favor de la libertad de los bancos, de los empresarios o de nuestra propia y mal entendida libertad de consumo.

Así puedes encontrar cualquier justificación a un sistema inmoral y autodestructivo. Si cierras los ojos al saqueo de los recursos materiales, normalmente en países no occidentales, a la contaminación indiscriminada del agua, el aire y la tierra, y a la explotación de las clases trabajadoras, ya sean los trabajadores precarios de los llamados países desarrollados ya sea los trabajadores aún más explotados del resto de países, si cierras los ojos a todo esto y enarbolas la bandera de la libertad individual, este sistema te parece el mejor de los posibles, la única alternativa que funciona. Pero ¿funciona? ¿Funciona un sistema que agrava las desigualdades, que destruye el planeta, consumiéndolo a tal ritmo que no permite su recuperación? ¿Funciona nuestra libertad cuando surgen leyes como la llamada ley mordaza? ¿Qué tipo de libertad se defiende? ¿Sólo la libertad que beneficia a unos pocos, sin oír ni mencionar los posibles límites de esa libertad?

Yo personalmente plantearía dos preguntas respecto a la sacro santa libertad del neoliberalismo: ¿De quién es la libertad que se defiende con tanto entusiasmo? Y ¿para qué se usa? ¿Hacia dónde nos dirige esa libertad? Como el crítico cultural Matthew Arnold dijo “la libertad es un caballo muy bueno para cabalgar sobre él, pero para ir a algún sitio”. La libertad de la sociedad de la opulencia, del consumismo, del capricho ¿a dónde está conduciendo al ser humano? A una brecha mayor entre ricos y pobres, a la contaminación de los acuíferos, el aire y el suelo, a la falta de libertad de las clases trabajadores, ya que no hay cabida para libertad si hay necesidad. Tomemos las riendas del caballo antes que nuestro abuso de la libertad nos lleve a un precipicio y planteemos las cuestiones de forma correcta.

La libertad abre caminos, pero no es un fin y mucho menos es un valor absoluto. Ya decía Kant que el mal uso de la libertad llevaba a su destrucción. El mal uso de la libertad está conduciendo a la destrucción de todo. Pero aún se oye el discurso de la libertad neoliberal.

En otra discusión que tuve hace poco sobre los niveles de contaminación que genera nuestro estilo de vida, mi interlocutora pierdo la paciencia conmigo y me llamo radical. Me dijo que le estaba imponiendo un sistema que a ella no le gustaba, que a ella le gustaba ir de compras y no veía que hubiera ningún problema en ello, que a ella le gustaba viajar por el mundo, sin preocuparse de la contaminación que eso generaba. Yo le contesté que no le imponía nada, que sólo le estaba diciendo mi opinión. Pero ella parecía considerar que mi opinión era un ataque a su forma de vida. Y tenía razón. Es un ataque. Pero no soy yo la que impone nada a nadie, sólo expongo mis ideas. La imposición viene de este sistema, es este sistema el que se ha impuesto por todo el globo, el que ha convertido todo en una mercancía. Es este sistema el que no da cabida a alternativas, ahogándolas, ya que ponen en peligro su sacro santa libertad. En realidad, lo que se pone en peligro no es la libertad, sino el consumismo, lo que se pone en peligro es la propia base del sistema capitalista, la propiedad privada de los medios de producción.

La sociedad neoliberal es la que genera al ser humano que describió Hobbes, la que le vuelve contra los otros y contra el propio ecosistema
¿Y si buscamos una libertad real, un caballo que nos dirija a una sociedad más justa y sostenible? No la libertad de consumo, sino la libertad de trabajar juntos dentro de la sociedad, sabiendo que mi libertad no es absoluta.

Quizás mi propuesta se pueda resumir en la siguiente cita: “Para un liberal clásico la libertad es algo esencialmente doméstico en sí. Es la libertad del consumidor, escogiendo entre distintas opciones, comprando esto en vez de aquello, eligiendo este empleo en vez de este otro, votando a este político carismático en lugar de a aquel otro. La libertad republicana va más allá: somos libres porque podemos actuar juntos políticamente” (Guy Standing).

  1. LA SOCIEDAD HOBBESIANA
    Se pueden destacar las similitudes entre la sociedad neoliberal, con su defensa de la libertad ceñida al mercado y al consumo, y la propuesta de Hobbes, teniendo en cuenta obviamente la diferencia de época que hay entre ambos. No se trata de afirmar que Hobbes era un neoliberal, porque resultaría falso. Sólo de tomarlo como ejemplo, ya que su modelo tiene muchas semejanzas con el neoliberalismo. Este sistema, al final, nos conduce a la guerra de todos contra todos y al considerar al ser humano como un ser destructivo, tal y como propuso Hobbes.

Hobbes consideraba que el ser humano es malo por naturaleza y que lo que le mueve a obrar es el deseo como respuesta a los estímulos, ya sean placenteros o dolorosos. La felicidad consiste en la obtención de los deseos, pero, por la propia naturaleza humana, no se puede alcanzar de forma permanente. Todo deseo satisfecho activa otros nuevos introduciéndole en una cadena sin fin. La vida es un continuo movimiento guiado por deseos y repulsiones que se retroalimentan. El mayor de los deseos es el de la autoconservación y la subsistencia, que lleva consigo el temor a la muerte. Esto genera en el ser humano un anhelo incansable de conseguir poder tras poder. El poder calma la ansiedad que se genera el saberse permanentemente amenazado e impele a organizarse en un espacio sobre el que ejercer el señorío. Lo que conduce a acaparar recursos y a dominar a los otros.

Una muestra de este egoísmo latente y desarrollado por la sociedad neoliberal se ha visto en la comprar compulsiva ante el confinamiento por el virus covid-19 o la lucha por las mascarillas y material sanitario que han llevado a cabo los países. La pregunta es si está es una respuesta natural, como proponía Hobbes, o es fruto de un condicionamiento social, que ha enseñado al ser humano desde la cuna a competir por los recursos. La sociedad de consumo se basa en generar individuos competitivos, aislados, que luchen entre ellos por los bienes. La sociedad neoliberal es la que genera al ser humano que describió Hobbes, la que le vuelve contra los otros y contra el propio ecosistema.

La lucha por los recursos y el afán de poder lleva al ser humano, según Hobbes, a entablar una guerra constante contra los demás. La guerra puede ser manifiesta o latente, pero genera un estado de inseguridad y de miedo hacia el otro. Los demás no son personas con las que crear un lazo ni una empatía, sino que constituyen el enemigo. El individualismo de Hobbes, que es el que ha favorecido el neoliberalismo, se debe a ese supuesto antropológico de que el nexo causal de todo lo humano comienza en la definición del interés propio, que nace para satisfacer su propia carga impulsiva.

Los rasgos naturales del ser humano le llevan a un estado de competencia permanente. Cada persona es un enemigo natural, que puede interponerse en la obtención del placer o amenazar la propia existencia. Esta es la naturaleza del ser humano, según Hobbes, pero es también la base del neoliberalismo, el egoísmo natural, la incapacidad de empatía y de cooperación con el otro y la competitividad. El otro es alguien con el que competir, es el enemigo. En el pensamiento hobbesiano la única forma de controlar la inseguridad y el estado de guerra continúo es a través de un Estado absoluto, que prive al individuo de su libertad. Esto es el Leviatán, la representación de un poder absoluto.

Sin embargo, resulta curioso señalar que Hobbes mantiene la libertad de mercado. El Leviatán ostentan todo el poder, pero mantiene ciertos ámbitos de libertad a los súbditos, como es el de autodefensa. Otra libertad del súbdito proviene del silencio de la ley, es decir, de los ámbitos no regulados por la ley. Por ejemplo, la libertad de comprar y vender, la de establecer acuerdos mutuos, la de escoger el lugar de residencia, la comida, el oficio y la de educar a sus hijos según sus criterios.

Esto da pie a una interpretación liberal de la teoría hobbesiana. Esta interpretación se basa en valorar el carácter instrumental del poder absoluto, que se puede presentar como un marco objetivo necesario para el desarrollo del libre mercado. De tal forma, que las libertades que mantiene Hobbes para el súbdito son las mismas que se defienden en la sociedad neoliberal, si les añadimos la libertad de opinión, de conciencia y de reunión. Pero estas últimas suelen ser las que acaban restringidas en nuestra sociedad, como muestra la ley mordaza, que ataca, por ejemplo, la libertad de reunión.

“Si todo está basado en la competición y la competitividad, la libertad estará, por tanto, automáticamente limitada, porque habrá necesariamente perdedores, y muchos. Es inconcebible tener una sociedad libre si esta se basa exclusivamente en las recompensas a la competitividad individual (…) La libertad de asociación ha estado bajo el incansable ataque del Estado neoliberal por la simple razón de que las ‹‹asociaciones›› son vistas como algo que se opone a las fuerzas de mercado y, por tanto, como algo que distorsiona.” (Guy Standing).

En este sentido se puede destacar la postura de Karl Polanyi, que habla de dos tipos de libertad, uno positivo y otro negativo. “En este segundo grupo se incluían ‹‹la libertad para explotar a los iguales, la libertad para obtener ganancias desmesuradas sin prestar un servicio conmensurable a la comunidad, la libertad de impedir que las innovaciones tecnológicas sean utilizadas con una utilidad pública, o la libertad para beneficiarse de calamidades públicas tramadas secretamente para obtener una ventaja privada››. Sin embargo, según Polanyi, ‹‹la economía de mercado, bajo la que crecen estas libertades, también produce libertades de las que nos enorgullecemos ampliamente. La libertad de conciencia, la libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad de asociación, la libertad de elegir el propio trabajo››”. Polanyi reconoce que en el neoliberalismo tienden a desaparecer las buenas libertades. Parece que la única forma de que el libre mercado continúe es a través de la fuerza, la violencia y el autoritarismo. El utopismo liberal, del que habla, se dirige a una pérdida de ciertas libertades, las que considera buenas; mientras que la explotación y el poder en manos de unos pocos se mantiene.

Esto no dista mucho de lo que defendía Hobbes, un Estado absoluto, un régimen totalitario, que mantiene aquellas libertades que favorece el mercado, que favorece los privilegios en manos de unas pocas personas. Hobbes no estaba muy alejado de la sociedad en la que vivimos, ya que considera que sin un poder al que temer sería la guerra de todos contra todos. Cuando los Estados se pelean por el material sanitario son un claro ejemplo de ello. Pero también lo es cuando se aprovecha la inestabilidad de ciertos países para obtener recursos a bajo coste. La sociedad neoliberal es la sociedad hobbesiana, salvo que el poder no recae en un Leviatán, sino que es fruto de una lucha de fuerzas, como propone el filósofo Michel Foucault.

Thomas Hobbes considera que el ser humano es un lobo contra el mismo. Aunque aquí cabría hacerle una pregunta a Hobbes ¿es el ser humano así de forma natural o lo es cuando crece en una sociedad que propicia la competitividad, el egoísmo y el afán de dominio? Simone de Beauvoir afirmó en su obra El Segundo Sexo que la mujer no nacía, sino que era fruto de una construcción social, ¿no ocurriría lo mismo con todo el ser humano? No es que nazcamos egoístas ni competitivos, sino que la sociedad es la que nos convierte en ello. Un ejemplo de esto lo tenemos hoy en día con la crisis sanitaria que vivimos. Se habla de balcones solidarios y de balcones delatores, símbolos de una cooperación o de una competitividad. Por un lado, el intento de vivir de la gente apoyándose en los demás, ya que, como defiende Yayo Herrero, el ser humano es un ser dependiente del medio y de los demás; por otro, la sociedad hobbesiana o más bien la fusión de una sociedad hobbesiana con el concepto de poder de Foucault, en el que el otro es un enemigo y en donde se construyen instancias de control, mecanismo que acaben con la libertad del ser humano, donde los balcones se convierten en nuevos panópticos. Pero sólo se ve perjudicada la libertad de algunos, ya que la libertad en este aspecto se convierte en el privilegio de unos pocos.

  1. ¿POR DÓNDE HACIA LA FELICIDAD?
    Hobbes y la sociedad neoliberal parten de que la felicidad se consigue a través de la satisfacción de los deseos y que el ejercicio de nuestra libertad nos conduce a ello. Las escuelas griegas, estoicos y epicúreos, entre otros, ya plantearon estas cuestiones y se dieron cuenta de que los deseos son un arma de doble filo. Los deseos conducen al ser humano a una cadena sin fin, le sumergen en un mundo en el que nunca nada le satisface. ¿Cómo, entonces, lograr la felicidad por este camino?

La sociedad de consumo, de la opulencia, vende la felicidad, nunca mejor dicho, a través de los anuncios.

“Resultaría muy sorprendente que un anuncio de televisión sugiriera que te compres algo sólo en el caso de que lo necesites. O que te animara a desear menos aparatos para vivir. O que te convenciera de que es mejor reír en compañía de tus amistades que comprar una serie de psicofármacos. El actual modelo de desarrollo considera un éxito producir muchas cosas independientemente de si éstas son necesarias o no. El Producto Interior Bruto, como indicador, no distingue lo que es superfluo, lo que es importante, incluso, lo que es contraproducente.” (varios autores, Cambiar las gafas para mirar el mundo).

En un sistema donde todo tiene un precio, donde todo es una mercancía, la felicidad, el fin último del querer humano, como ya apuntaban los autores griegos, no va a ser menos.

Pero si la libertad tiene que conducir al ser humano a la felicidad, no parece estar haciendo un buen trabajo o quizás sí. A un sujeto satisfecho consigo mismo, un ser humano contento con su vida no se le puede vender felicidad. Y esta sociedad sólo funciona si crece y para crecer necesita crear nuevos mercados y precisa que la gente compre, gaste, consuma, como zombies en una película de Romero. Crecimiento, libertad de consumo y felicidad forman una estructura imprescindible en la sociedad neoliberal.

Pero ¿alcanzamos la felicidad por esta vía? La sociedad actual constata un número cada vez mayor de personas con problemas de ansiedad, de estrés y de problemas de índoles psicológicas. ¿En dónde está el fallo? Quizás los planteamientos están mal hechos, quizás no hallamos las respuestas porque preguntamos mal o entendemos mal. Entendemos mal la libertad, creyéndonos que es hacer lo que nos venga en gana, satisfacer como locos una pulsiones y deseos que no cesan, que no dejan ni siquiera un momento de silencio para parar a pensar. Quizás entendemos mal la felicidad y nos afanamos en buscarla donde resulta contraproducente. Quizás, al igual que la sociedad nos ha enseñado a ser competitivos, también nos ha inculcado que hay que comprar, que hay que consumir, que hay que gastar los recursos naturales hasta que el planeta sea algo más parecido a una película de ciencia ficción. Hoy en día encerrados en nuestras casas no echamos de menos comprar y consumir, sino a los otros, a ese supuestos enemigos nuestros según Hobbes y el sistema neoliberal. Echamos de menos a la gente con la que hablar, con la que crear lazos, con la que construir alternativas, no basadas en el consumo ni en la competencia, sino en la empatía, en la cooperación y en ver en el otro a un igual. Hemos errado el camino a la felicidad por escuchar a la sociedad de consumo, por no preguntar qué es o no necesario para vivir, para lograr un desarrollo propio.

El pensamiento de Max Neef propone discutir sobre la necesidades y los supuestos deseos, sobre la forma de conducir el caballo, que es la libertad. ¿Se precisa viajar de una punta a otra del mundo, generando una contaminación en el aire, para ser más feliz? ¿Se precisa tener el armario a rebosar de ropa, que es imposible ponerse y que supone a su vez una explotación laboral, un consumo de los recursos naturales y la contaminación del planeta? ¿Se precisa cambiar de móvil cada año, obviando los desordenados, explotación, trata de mujeres y guerras que ha generado la extracción de los minerales, como el coltán?

Ni los deseos nos han llevado a la felicidad, sino a una sociedad neurótica, adicta al consumo y al incremento de emociones, ni parece que esta felicidad sea innocua para los demás y para el planeta. Imponemos de nuevo nuestra libertad y nuestra felicidad a los demás, a los que carecen de privilegios y, ni siquiera, alcanzamos el fin que nos habíamos propuesto. La felicidad que vende el neoliberalismo queda como un contento pasajero, una brillante luz de neón en un centro comercial, que nunca alcanzamos.

Los economistas tradicionales defienden que el despilfarro de los ricos, de los privilegiados, hará menos pobres a los pobres, que la mano invisible de Adam Smith repartirá, como padre benevolente, los recursos. Pero la mano invisible ha fracasado, la economía crece y los recursos no se reparten. Generar empleo, generar dinero no genera bienestar, sino explotación y contaminación. Cada vez la distancia entre ricos y pobres es mayor, la clase media queda como un mito, con el que engañar al trabajador, con el que decirle que podrá irse de vacaciones, que podrá tener y tener. Sin embargo, frente a este mito, el mito que sustenta el consumismo, caben dos peros. No hay clase media, no hay reparto de las riquezas, sino trabajo precario. Y, por otro lado, no se puede crecer de forma ilimitada, cuando estamos en un planeta finito.

Max Neef hace un giro copernicano, la cuestión pasa de los deseos a las necesidades. Si el deseo no conduce a la felicidad, por qué no cambiar el enfoque. ¿Qué precisa el ser humano para llevar una vida digna? ¿Qué necesidades se dan en todas las culturas o en la mayor parte? Lo que varia de una cultura a otra no son las necesidades, sino las formas de satisfacerlas.

Cuando se habla de necesidades se suele entender aquello que es imprescindible para vivir, que sería la comida y la protección contra el clima, pero cabría ampliar esta lista. No entender sólo por necesidad aquello que nos mantiene con vida de forma inmediata, sino a aquellas “potencialidades desarrollables sin las cuales la vida no es digna”. La lista que propone Max Neef sería la siguiente:

Subsistencia y seguridad, que incluye la alimentación y el abrigo térmico.

Protección y seguridad, capacidad de poder ser cuidado, disminución de la incertidumbre por la subsistencia, reducción del riesgo de enfermedades y seguridad personal y comunitaria.

Afecto, compañía, relaciones sociales.

Entendimiento y conocimientos básicos para desenvolverse en el medio y en la comunidad.

Participación en el curso de los acontecimientos que afectan a uno mismo y a la comunidad donde se vive.

Entretenimiento, estimulación y ocupación.

Creación, inventiva, producción de algo que surja de uno mismo.

Identidad y pertenencia a algún grupo o varios de referencia y reconocimiento personal.

Libertad, capacidad para elegir entre opciones disponibles, control personal y autonomía.

Equidad y justicia.

Vivir en un medio vivo, que permita sobrevivir y albergar a las generaciones futuras.
Estas necesidades se darían en todo ser humano, pero la forma de satisfacerla cambiaría, condicionadas por la sociedad. A las formas de satisfacer las necesidades, Neef las denomina satisfactores. Y pueden ser singulares, cuando resuelven una sola necesidad; sinérgicos, cuando cubren varias a la vez; inhibidores, cuando satisfacen una necesidad, pero imposibilitan otras, y destructores, cuando tienen la apariencia de resolver una necesidad, pero en realidad dificultan o imposibilitan su satisfacción.

“Uno de los aspectos que definen una cultura es su elección de los satisfactores. Las necesidades humanas fundamentales de un individuo que pertenece a una sociedad consumista son las mismas de aquel que pertenece a una sociedad ascética. Lo que cambia es la elección de cantidad y calidad de los satisfactores y/o la posibilidad de tener acceso a los satisfactores requeridos” (Max Neef).

La sociedad hobbesiana y neoliberal no sacaría muy buena nota a la hora de cubrir las necesidades. Por ejemplo, su forma de resolver la subsistencia está generando injusticias y destruyendo el planeta, por lo que se trataría de un satisfactor inhibidor. El uso del coche, por poner otro ejemplo, amplia la autonomía de las personas y acerca los lugares, pero disminuye la libertad de movimiento de los niños y niñas, altera el clima y el asfaltado de cada vez más territorios destruye el medio vivo. El desarrollo de la competitividad directamente sería un satisfactor destructor que ataca la vida afectiva y la identidad del sujeto.

Otro ejemplo de la inutilidad de este sistema es la aparición del trabajo precario, que conduce, por un lado, a un desajuste en toda la estructura de la necesidades y, por otro, a una comparación que agrava la situación. Una persona en un paro de larga duración o que salta de un trabajo precario a otro no tiene satisfechas muchas de las necesidades, no sólo la subsistencia.

La sociedad de consumo está dificultando que los sujetos se desarrollen de forma plena, en un medio justo y vivo. No hay personas plenas, sino niños y niñas perpetuos y caprichosos, que consideran que todo está a su alcance y lloriquean hablando de su libertad y de sus deseos, cuando alguien alza la voz para criticar este sistema. Estamos en una sociedad de caprichosos, que elevan sus deseos a la categoría de necesidades. Estamos en una sociedad de insatisfechos crónicos, que convierten las necesidades limitadas en infinitas a través de la comparación que producen las desigualdades acrecentadas por el propio sistema.

Efectivamente, las desigualdades convierten a las personas en más menesterosas. Unos pocos exhiben sus bienes generando la envidia y el deseo en los demás. El mercado, no lo olvidemos, funciona creando nuevas formas de desear. La pobreza se considera cada vez con más frecuencia en función de la comparación con los demás. Una sociedad, por ejemplo, autosuficiente de un país considerado del tercer mundo puede ser juzgada como pobre, ya que carece de muchos de los bienes y satisfactores que se exhiben en el primer mundo. Aunque se trate de una sociedad que tiene cubiertas todas o casi todas las necesidades, este juicio puede llevar a su miembros a la infelicidad.

¿No es así como juega nuestra sociedad? ¿No funciona el sistema neoliberal generando seres demandantes? La desigualdad sólo genera más insatisfacción, más demanda, lo que viene perfecto para una economía que precisa crecer, pero es contraproducente para un planeta con recursos finitos y para sus habitantes, que acaban siendo juguetes en manos del mercado.

“La necesidad del mercado de expandirse a toda costa, la codicia estructural de las grandes compañías y la fuerte centralización del poder sobre los recursos de la Tierra ha ido creando una serie de dinámicas que dificultan la satisfacción de las necesidades importantes de una manera sostenible y justa” (Cambiar las gafas para cambiar el mundo).

En nuestra sociedad, extendida por todo el globo, el mercado monitoriza las necesidades y los deseos. Si hay alguna forma gratuita de cubrirlos, este mercado trata por todos los medios de mercantilizar ese satisfactor. Hasta tal punto llega su afán de crear mercados y de controlar los deseos de las personas que se venden experiencias. No hay mejor metáfora, aunque no sea una metáfora, de la mercantilización de la vida que haya un producto que se denomine así. Se puede comprar una experiencia. Esto debería ser un grito de auxilio del vacío de los sujetos. No hay felicidad, no interesa que los sujetos sean felices, sino menesterosos, insatisfechos. La insatisfacción crónica es el arma que esgrime el sistema para seguir creciendo, creciendo a costa de las personas, de las desigualdades sociales, de la salud psíquica, y del planeta. Crecer a costa de todo es una mala estrategia. ¿Dónde está la mano invisible de Adam Smith? La economía no se ajusta por sí sola, la economía está conduciendo todo al colapso.

“Abandonados al mercado, los nuevos satisfactores aumentan la energía que necesitan, aumentan los residuos, incrementan las distancias, destruyen o fragmentan las relaciones, disminuyen el poder local y comunitario y crean desorden biológico” (Cambiar las gafas para cambiar el mundo).

Quizás sea muy pretencioso afirmar qué es la felicidad, ya que la filosofía lleva toda su historia tratando de resolver este problema, pero lo que sí se puede afirmar es que el camino de la sociedad neoliberal no conduce a ella. Su libertad de mercado y su felicidad embotellada deja tras de sí descontento, insatisfacción, desigualdades, trabajos precarios, agotamiento de los recursos naturales y contaminación globalizada. ¿Por qué seguimos este camino? Ha calado muy a afondo el mito de la clase media, la idea de que si los ricos crecen los pobres vivirán mejor, que se puede crecer y crecer, y el mito del neoliberalismo como el defensor de la libertad y la dignidad. Nada más lejos de la realidad. Pero mientras este mito continúe, ¿cómo cambiar el enfoque? ¿cómo replantearse las cosas si seguimos persiguiendo el espejismo de la sociedad de la opulencia?

4.CONCLUSIONES “YA VENDRÁ LA BUENA”
En la trilogía de la Lucha por la vida de Pio Baroja hay un personaje secundario que se pasa las tres novelas diciendo “Ya vendrá la buena”. En la tercera obra “Aurora roja” este personaje muere y Baroja añade “Y nunca vino la buena”.

Hemos confiado nuestra vida y el desarrollo de la sociedad a un sistema que nos prometía que ya vendría la buena. Era la promesa hecha a la clase trabajadora, que ya vendrían buenos tiempos, que llegaría un momento que podría tener un buen nivel de vida, podría comprarse ese televisor de plasma, irse de vacaciones a la otra punto del mundo cada verano, etc. La promesa de la clase media y su libertad de consumo y su felicidad embotellada y lista para ser vendida en un centro comercial, en un estante del Mercadona.

Cuando se vivió la crisis del 2008, se vendió la idea de que, para que “viniese la buena”, la gente tenía que apretarse el cinturón, ya que se había vivido por encima de las posibilidades reales. Resulta curioso que un sistema que se basa en la mercantilización y que condiciona a su miembros a que compren y gasten, les culpe luego por hacer eso mismo. La culpa de la crisis del 2008 era de las personas que se habían creído el credo del neoliberalismo, se habían creído el mito de la clase media. La culpa era de la gente que perdió, amparada en este discurso, muchos derechos laborales y se abrió aún más la brecha entre ricos y pobres. Y se sigue pensando que la culpa era de la gente. Aumenta el nivel de pobreza, mucha gente pierde su casa, su forma de vida y cae en el trabajo precario y se sigue defendiendo este sistema como el único posible.

El neoliberalismo vende bien. Quizás es lo mejor que sabe hacer. Ha vendido muy bien una serie de mitos, tanto es así que parece que aquel que los cuestiones es tachado de hereje como el mismo ímpetu que lo hacía antes la religión católica. Se trata, por ejemplo, del mito de la producción y del crecimiento.

“Se instauró así la idea de sistema económico formado por un conjunto de procesos (producción, consumo y crecimiento), y se dio paso a desterrar la idea antigua de que la actividad mercantil era un juego de suma cero, en el que sólo era posible que alguien adquiera riqueza a costa de que otro la perdiera” (Cambiar las gafas para cambiar el mundo).

Según el mito de la producción el sistema puede crecer interrumpidamente, ya que se basa todo en el valor monetario, no en la tierra, en los recursos y en el trabajo. El capital es lo único que se tiene en cuenta. De ahí que lo único que tenga valor sea lo que tiene un valor monetario, aquello que puede ser mercantilizado.

Se puede destacar dos consecuencias de esto. La primera es que deja fuera muchas áreas de la vida que no entran dentro del valor de mercado. En el neoliberalismo la mayor parte de los trabajos que no reciben un salario dejan de ser considerados trabajos. Sólo cuenta lo que se considera trabajo remunerado dentro del mercado laboral. Esto deja a un lado todas las tareas de cuidado de la infancia y de las personas mayores, el trabajo doméstico, el apoyo emocional, el trabajo voluntario dentro de una comunidad, etc. Sin embargo, el sistema precisa de estos trabajos y los da por hecho. Son los llamados trabajos invisibles, inexistentes para el mercado, pero son los que mantiene la fuerza del trabajo. Dichos trabajos generan valores de uso, no de cambio. De ahí que no se les tenga en cuenta, ya que no producen una mercancía, sino que mantienen la vida, la cuidan.

Estas tareas escapan de la competitividad y responden a una ética basada en las relaciones y las necesidades humanas. Son las que posibilitan que haya trabajo asalariado. Los mercados parecen considerar que la fuerza de trabajo está lista para la producción, que el homo economicus “brota cada mañana como champiñón en el puesto de trabajo, alimentado, lavado, planchado, escuchado y descansado. El mercado parece ignorar que esa regeneración (…) se ha producido en el espacio privado…”

La otra consecuencia del mito de la producción es que lo ve todo como una mercancía. Sólo se considera aquello que puede asociarse a un valor de cambio y que puede ser producido. Se tiene que poder comercializar. Cabe destacar aquí la postura de Kant, que distinguía aquello que tiene valor de aquello que tiene precio. Lo que tiene precio es lo que es intercambiable por otra cosa, es decir, lo que puede ser cosificado, mercantilizado. A la sociedad neoliberal se le da muy bien buscar nuevos mercados, cosificar las cosas e, incluso, las personas. De tal forma que la sociedad de consumo ya no vende cosas, productos, vende formas de vida, dando lugar a la sociedad del postureo. Nos transformamos nosotros mismos en mercancías con Instagram o cualquier otra red social como escaparate, mientras se deteriora la vida social, las condiciones laborales y los recursos naturales.

Aunque quizás el mejor ejemplo de la mercantilización de las personas venga de la mano otras actividades como el trabajo precario, la prostitución o los vientres del alquiler. El ser humano en el trabajo precario no es considerado un fin en si mismo, como defendía Kant, es sólo una pieza más del engranaje, como el personaje de Chaplin en Tiempos modernos. En la prostitución y en los vientres de alquiler la mercantilización es obvia.

Y de fondo de todas estas cuestiones se encuentra la defensa de la libertad y otro mito, el del progreso, resumido en la frase del personaje de Baroja de “Ya vendrá la buena”. Se considera que todas las sociedades y todas las personas ostentarán los mismos derechos, los mismos privilegios, que se encaminarán al mismo nivel de vida que las sociedades occidentales. Pero no se tiene en cuenta que para que unos tengan riqueza, libertad y privilegios, otros deben malvivir. Mi libertad de consumo se asienta en el empobrecimiento de los países subdesarrollados. Mi libertad no es más que la expresión de la explotación y la esclavitud de las personas menos favorecidas y la explotación y destrucción del planeta. No hay progreso. No hay libertad. Sólo quedan los privilegios de unos pocos, cada vez menos, sobre el trabajo de los demás. Y, aunque las personas de los países desarrollados seamos en muchos aspectos privilegiadas, en otros muchos no salimos ganamos. La crisis del 2008 la pagamos nosotros y perdimos, mientras otros salían beneficiados.

Y ¿ahora? ¿Seguiremos enarbolando la bandera de la libertad neoliberal para encarar la nueva crisis? ¿Seguiremos tragándonos los cuentos y mitos del neoliberalismo para justificar la explotación, la precarización, la contaminación, etc? ¿Seguiremos cerrando los ojos a las injusticias y a las desigualdades? ¿O optaremos por construir un concepto de libertad real? Una libertad que no suponga una carga sobre otro, una carga sobre el planeta y las generaciones futuras. Una libertad que conduzca a una vida justa y sostenible, que implique una colaboración, una participación en lo común, un desarrollo personal y social, que no deje un vacío, como esa cadena de deseos y caprichos que nos propone y casi impone el neoliberalismo. Ni el planeta ni muchas personas pueden aguantar mucho tiempo este abuso de la libertad malentendida de unos pocos. Si la libertad es un caballo, tomemos la riendas de una vez sin aplastar por el camino a los demás ni destruir todo a nuestro paso.

Por Ruth Calvo – Profesora de Filosofía

BIBLIOGRAFÍA
Harvey, David, Breve historia del neoliberalismo, ed. Akal, 2007, Madrid.

Neef, Max, Desarrollo a escala humana, ed. Icaria, 1998, Barcelona.

Standing, Guy, La renta básica, ed. Pasado y Presente, 2018, Barcelona.

VVAA, Cambiar las gafas para mirar el mundo. Una nueva cultura de la sostenibilidad, coords. Yayo Herrero, Fernando Cembranos y Marta Pascual, ed. Ecologistas en Acción, 2019, Madrid.

https://www.elsaltodiario.com/laplaza/la-libertad-se-dice-de-muchas-maneras

Autor entrada: IDEPA